Homenaje a la familia Sagardía

Aunque este blog no hace suya la ideología ni la militancia política de Iñaki Iriarte, nos hacemos eco, por su gran interés, de su artículo en Diario de Navarra (09/09/015) sobre el homenaje a la familia Sagardía. Como dice el autor, “no es la primera vez que se manipulan los horrores vividos durante la Guerra Civil” y si historiadores, académicos y familiares permanecemos callados, “en vez de la memoria predominará la amnesia”.

Iñaki Iriarte López es profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral por UPN.

HOMENAJE A LA FAMILIA SAGARDÍA

Cartel del homenaje de Euskal Memoria

El pasado domingo 30 de agosto decidí asistir al homenaje que Euskal Memoria y la Asociación Amapola habían organizado a la familia Sagardía, asesinada problamente a finales de agosto de 1936. Lo poco que sé de este horrible episodio de la historia reciente de Navarra proviene de autores que, a mi juicio, tienen una visión tan sesgada y politizada del pasado que sólo saben ver en el ayer una especie de réplica retrospectiva del presente, o mejor dicho, de su particular manera de entender el presente. Su falta de rigor hace que, por muchos datos que puedan rescatar de los archivos, sus trabajos gocen de poco respeto académico aunque comprendo, en cambio, que hayan merecido el agradecimiento de la familia de las víctimas.

Los Sagardía vivían en Gaztelu, en un ambiente rural y plenamente euskaldun. La familia la componía Pedro, su esposa María Josefa y sus siete hijos. Carentes de recursos, cometieron pequeños hurtos o, por lo menos, fueron acusados de ellos por sus vecinos. Aquel día, cuando hacía poco más de un mes que había estallado la Guerra Civil y Pedro y su hijo mayor estaban trabajando en una localidad cercana, algunos de esos vecinos asesinaron a Josefa y los seis hijos restantes y, según se cree, los arrojaron a una profunda sima, acaso estando todavía con vida.

Aunque Pedro Sagardía denunció la desaparición de su familia, la investigación sirvió para poco. Hubo varios detenidos (uno de los cuales terminó suicidándose), se tomaron declaraciones (entre otros al jefe del puesto de la Guardia Civil en Santesteban que, verosímilmente encubrió los hechos), se exploró superficialmente la sima sin resultados. El caso se archivó años más tarde, incomprensiblemente, dada la gravedad de los hechos. De nada sirvió la intervención del tío de Pedro, el general Sagardía, de infausta memoria por la brutal represión que llevó a cabo en Cataluña y que sería el primer inspector general de la Policía Armada. En la actualidad, al amparo de la Ley de Memoria Histórica, la familia de los desaparecidos reclama la localización de los restos a fin de darles un entierro digno. Comprendo su demanda y su dolor y créanme que lo último que pretendo con estas líneas es importunarles.

La masacre de los Sagardía fue sin duda un crimen espantoso. Pero nada indica que tuviera una motivación política, por más que en algún medio se haya podido leer: “La familia Sagardía asesinada por los franquistas”. En su denuncia Pedro Sagardía señalaba que tanto él como su esposa habían votado a las candidaturas de derechas (por otro lado, como la práctica totalidad de sus vecinos). A finales de 1936 él y su hijo mayor combatieron como voluntarios en el Requeté. Hay quien ha apuntado, sin ninguna prueba -pienso que solamente porque no le cuadra desde el punto de vista ideológico que fuera una familia carlista-, que pudieron hacerlo forzados, para evitar un pelotón de fusilamiento, como sucedió en otros casos. No resulta verosímil: los Sagardía no tenían antecedentes de simpatías republicanas y, a diferencia de lo que sucedió en otras partes de Navarra, en el Norte la represión fue muy limitada. En todo Baztán, por ejemplo, no hubo por fortuna un solo fusilado. En cualquier caso, el hijo fue luego voluntario de la División Azul.

Por este motivo, no se comprende la presencia en el homenaje de ikurriñas y banderas republicanas (una bandera, por cierto, que, por española, siento tan propia como la rojigualda). ¿Qué tienen que ver dichas enseñas con los fallecidos? Tampoco se entienden algunos de los discursos que pudieron escucharse. Uno se refirió a la esposa de Pedro Sagardía como “la última sorgiña de Euskal Herria”. “Eran de los nuestros” “gutarrak”, dijo otro (¿a qué ¨nuestros” se refiere? ¿Los euskaldunes? También los asesinos lo eran, me temo). Asimismo, vinculó el caso de los Sagardía al de desaparecidos como Pertur y Naparra (militante de ETA uno y de los Comandos Autónomos otro) y afirmó que en Euskal Herria había 12.000 desaparecidos. Esto es algo completamente inexacto y supongo que proviene del error de haber sumado los represaliados en Navarra a la lista de fallecidos y represaliados elaborada por el Gobierno Vasco, que incluye a los muertos en el frente (y que en cambio excluye a los cientos de asesinados del otro bando).

No es la primera vez que se manipulan de ese modo los horrores vividos durante la Guerra Civil. Historiadores, académicos y familiares no deberíamos permanecer callados, porque de lo contrario en vez de la memoria predominará la amnesia.

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